Solitaria

Posted by angua on Feb 6, 2005 in Relatos |

Giles me sirvió una taza de humeante té, y se sentó frente a mí en una de las largas mesas de la biblioteca. No intentaba desviar la mirada, y eso me hizo sentir bien.

- Aldana – me dijo – hay cosas que vosotras todavía no debéis saber. O eso dice el Director Wood. Yo a veces pienso que no está bien, que como Cazadoras tenéis el derecho de saber todo lo que está pasando, pero le comprendo perfectamente. Yo también tenía esos sentimientos contradictorios cuando era Vigilante. Y era solo por una chica, así que me imagino con cincuenta de vosotras al cargo… y comprendo a Robin.

- Pero no podemos estar entrenando y siendo atacadas sin saber por qué razón nos entrenamos o nos atacan. He estado teniendo sueños. Sueño, en realidad.

¿Si? – Giles parecía interesado.

- Y Chris, la chica nueva… sueña casi cada noche. No me lo cuenta siempre, pero la veo dormir y lo noto. Y estoy segura que las demás chicas también están teniendo sueños, sólo que están demasiado asustadas para decirlo. Si supieran a lo que nos enfrentamos… el Director dijo que no lo sabía, pero yo no lo creo. Conocer a nuestro enemigo nos ayudará a vencerle.

Giles se quitó las gafas con gesto tembloroso y comenzó a limpiarlas con un pañuelo. Aquel gesto le hizo parecer mucho más mayor de lo que era.

- Aldana… no es tan sencillo. Las Cazadoras siempre han existido, y para el mal fueron durante siglos una especie de… curiosidad. ¿Qué iba a poder hacer una sola chica contra todos los demonios del mundo? Con suerte, mataría a los más débiles y estúpidos. Una persona no significaba una amenaza. Hasta que el Primero se cansó y decidió deshacerse de las Cazadoras, porque Buffy estaba haciéndose demasiado fuerte. Pero con la Llamada de Willow, le hicimos retroceder, y a la vez le enviamos una declaración de guerra. Desde hace quince años, las batallas cada vez son más duras, más encarnizadas. Muchas Cazadoras han muerto, pero siempre nacían más. Hasta hace unos meses.

Yo le miré sorprendida, sujetando la taza de te entre mis manos, Él se volvió a poner las gafas.

- Tu amiga Chris ha sido la última en ser llamada, y de eso hace ya tres meses. En este tiempo, hemos perdido a diez Cazadoras, y no hemos recibido la señal de que ninguna otra joven haya recibido sus poderes. Parece que el poder de la Cazadora está volviendo a equilibrarse.

- En cada generación nace una Cazadora… – comencé a recitar.

- Unos antiguos versos que os hacemos aprender. Para vosotras no tienen sentido, pero es más que probable que dentro de poco vuelvan a significar algo. Es por eso por lo que no os queremos contar nada. Porque sabemos que muchas de vosotras moriréis, y eso nos destroza. Y no estamos seguros de que muchas podáis aceptarlo. Te lo estoy contando a ti, Aldana, porque se que eres lo suficientemente madura como para comprender tu destino.

- He leído mucho sobre las antiguas Cazadoras.

- Lo sé. Por eso comprendes la misión y su desenlace. Y por eso debes comprender que tú y tus compañeras no sois como aquellas Cazadoras, y por lo tanto necesitáis ser tratadas de forma distinta. Os lo contaremos todo a su debido momento. Y no quiero que les digas nada a tus compañeras de ésta conversación.

————–

Varios días más tarde, Nina vino a hablarme después de un entrenamiento especialmente duro. Me dolía todo el cuerpo, y no me sentía de humor para estar con nadie, pero la pelirroja me cortó el paso mientras intentaba salir de los vestuarios.

- Tengo que hablar contigo, Dana.

- Nina, estoy agotada. Sólo quiero coger un bollo y meterme en la cama.

- Antes vas a oírme. ¿Qué te está pasando estos días? Apenas hablas con nadie y nunca quieres venir con nosotras a comer ni a ver la tele. Te pasas el día encerrada en el cuarto haciendo quién sabe qué. Parece que nos estés evitando.

- Tengo muchas cosas que hacer, Nina. No os estoy evitando.

- ¿Es por lo que dijo Chris? ¿Lo de que íbamos a morir?

- No, no es por eso.

- ¿Entonces? ¿Te has enfadado con nosotras por algo? ¿Ya no quieres ser nuestra amiga?

- No, seguís siendo mis amigas. Es que quiero estar sola¿vale?

- Estás comportándote como una idiota. – me dijo ella, con los brazos cruzados y una expresión terriblemente seria en su rostro. – Antes eras muy solitaria, pero ahora te estás pasando de la raya. Si sigues así, a nadie le importará si acabas tirándote de un puente.

- ¡Déjame en paz Nina!

Furiosa, empujé a Nina fuera de mi camino y salí de los vestuarios dando un portazo. Estaba enfadada y nerviosa, así que salí del edificio y caminé hasta el acantilado. Atardecía. Me senté en las rocas, con los pies colgando en el vacío. Había veinticinco metros de caída hasta el agua, pero nunca había tenido miedo a las alturas.

De pronto me sorprendí llorando. Al principio intenté contenerme, pero las lágrimas se abrieron paso y sin saber como se convirtieron en un torrente imparable.

Comencé a pensar en mis padres y mi hermano. ¿Qué estarían haciendo ahora¿Se acordarían de mí¿Estarían a salvo? Si me pasaba algo ¿alguien se encargaría de avisarles?

¿Se habría enterado la familia de Luisa de su muerte¿Cómo se lo habrían tomado? Recordé que yo había estado a punto de correr la misma suerte que la pobre Luisa, y que sólo un terrible golpe de suerte me había salvado la vida.

Lloré durante lo que a mi me parecieron horas, hasta que noté una mano en mi hombro. No tuve que darme la vuelta para saber que se trataba de Isis.

- Espero que no estés pensando en saltar. La categoría olímpica de Salto suicida desde acantilado todavía no ha sido aceptada, y sería una pena que no pudieras participar.

Isis se sentó a mi lado, sin decir nada. Estuvimos calladas durante unos minutos.

- La Academia va a cerrar sus puertas en menos de una hora, y no me gustaría quedarme fuera por la noche.

- ¿Crees que no le importo a nadie?

- ¿Quién te ha dicho eso? Oh ¿ha sido Nina? Me dijo que había tenido una discusión contigo… No, no creo eso. Ya sabes que Nina siempre está sonriendo y feliz, pero no se puede decir que sea un genio de la empatía: a veces se pasa de rosca intentando hacer “felices” a los demás, quieran ellos o no.

Yo miré a Isis, que me sonrió.

- ¿Volvemos?

Yo asentí con la cabeza y ambas nos pusimos en pie. Mientras caminábamos en silencio, comencé a sentirme mejor.

- Isis… no quiero que penséis que os doy de lado. Es que yo necesito estar sola a veces…

Isis me interrumpió.

- Ya lo sé, no hace falta que me expliques nada. Todas estamos un poco alteradas y cada una tiene su forma de enfrentarse a ello.

———-

Durante la cena estuve callada y algo taciturna. Chris se sentó junto a mi y comió en silencio conmigo, lo que agradecí muchísimo. Nina estaba frente a nosotras, con el ceño fruncido por el sepulcral silencio. Lo cierto es que en el comedor no se oía la algarabía acostumbrada, aunque había mucha más gente que otras veces. Las Cazadoras estaban llegando de todas partes del mundo, y parecían enfrascadas en conversaciones en susurros con sus compañeras o en revisiones de actas de batalla o de libros de estrategia. Había también un grupo de hombres trajeados, seguramente Nuevos Vigilantes, que se sentaban apartados de todo el mundo y lo miraban todo con cierto desprecio. Nosotras, las Cazadoras de la Academia, estábamos demasiado agotadas para montar jaleo.

No podía evitar que mis ojos se fueran una y otra vez a las mesas de las Cazadoras. Muchas de ellas tenían cicatrices visibles, una incluso llevaba un brazo protésico. Las estudié a conciencia, intentando no demasiado descarada.

¿Quiénes serían Veteranas de la Batalla de Sunnydale? Yo sabía que Rona, una de nuestras Instructoras, había participado en ella. La vi hablando con una pelirroja a la que no reconocí. Lisa, otra Instructora, no parecía apartar la vista de unos papeles. Busqué detalles que me pudieran ayudar a discernir cuales de todas aquellas mujeres habían participado en la Batalla de Roma, en la que Buffy Summers y unas cuantas Cazadoras habían derrotado a un terrible demonio que podía poseer simultáneamente a tantos humanos como deseara, creando un terrible monstruo-colmena.

Me fijé en una joven asiática, de cabello corto. Una enorme y rojiza cicatriz recorría longitudinalmente su cuello y se perdía bajo la ropa. ¿Tal vez era una veterana de los Campos de Azufre, donde un pequeño escuadrón había vencido en su propia dimensión demoníaca a los demonios Krill? Es cicatriz bien podía haber sido causada por una pinza de Krill.

En otra de las mesas, cinco Cazadoras comían en silencio, y me fijé que todas llevaban un colgante de la letra K pendido del cuello. Sin duda, eran supervivientes de la Batalla de Liberia que había tenido lugar cinco años atrás, en la cual la famosa Cazadora Kennedy había perdido la vida mientras lideraba un ataque contra los diablos de hielo que intentaban avanzar hasta Europa.

Estábamos todos tan ensimismados cada uno en nuestros propios pensamientos, que nadie se dio cuenta de que la puerta del comedor se abría y una mujer rubia, de baja estatura, entraba en el comedor. Nadie le prestó atención hasta que Giles levantó la vista del plato y la vio. El bibliotecario dejó caer su cubierto sobre el plato, con un tintineo que nos sobresaltó a todos y nos hizo mirar en la dirección que indicaban sus ojos abiertos como platos. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando le oí llamarla por su nombre.

- ¡Buffy!

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