Sanadora

Posted by angua on Abr 12, 2005 in Relatos |

Se despertó con un sobresalto y supo de inmediato que no había dormido más de un par de horas. El leve susurro en la puerta de su tienda que la había despertado se repitió, ésta vez acompañado de una pequeña tos. Terra se levantó con rapidez, y alisando sus arrugadas ropas, se acercó a la entrada de la tienda.

“Hoy volvéis temprano.” le increpó en un susurro a la sombra que se entreveía tras la lona de su tienda.

“Surco está herido.” respondió una voz grave.

“Por supuesto. Llevadle a la tienda común, yo iré en un momento”.

La figura se alejó de la tienda. Terra cogió su bolsa de medicinas y, con manos diestras, se recogió el cabello desordenado en un moño alto, apartándoselo de la cara. Algunos mechones castaños se escaparon del recogido, cayendo por su espalda. Acto seguido buscó sus botas No necesitaba luz para hacer todas aquellas cosas, ya que se había acostumbrado a ver en la oscuridad. Por un momento sopesó retocarse las marcas de la cara: había pasado el día anterior y gran parte de la noche atendiendo a Brisa en el parto, y sabía con certeza que las marcas de su cara se habrían desdibujado por el sudor y el esfuerzo. Pero no tenía tiempo para retocarlas, al menos no ahora. De hecho, aunque las marcas tribales eran un importante signo de jerarquía, su descuido por ellas marcaba su posición social. Era la sanadora.

Salió de la tienda y recorrió el campamento en silencio, sabiendo perfectamente hacia dónde se dirigía. Le echó una mirada al cielo, y supuso que no faltaba mucho para que amaneciera.

En la tienda común, los cazadores rodeaban a Surco, que estaba tendido sobre unas esterillas de paja. Habían encendido algunas lamparillas, y la luz aunque tenue era suficiente. La pierna ensangrentada del cazador no tenía demasiado buen aspecto. Terra se agachó junto al herido mientras sacaba unas cuantas hierbas de su bolsa.

“¿Qué ha ocurrido?” preguntó, sin levantar la vista de la pierna del cazador. Uno de los hombres le acercó un cuenco con agua fresca. Terra vertió en él las hierbas y lo mezcló con la mano.

“Se ha caído por un desnivel” respondió Lobo, el cazador que había ido a buscarla a su tienda.

“Es lo único que vais a conseguir con vuestra manía de cazar de noche. ¿Habéis cazado algo hoy?” El silencio tenso de los hombres respondió a la pregunta de Terra. La joven dejó el cuenco junto al herido y sujetó la pierna del cazador, una mano a cada lado de la herida. “Está fracturado. Sujetadle por los hombros.”

Con un movimiento experto, Terra alineó los huesos del herido, causándole un gran dolor. Limpió la herida cuidadosamente con agua fresca, y aplicó la mezcla de hierbas sobre la pierna del hombre. Le vendó mientras todos observaban, nerviosos.

“Ya está. Te va a doler durante un tiempo, pero sanará. Si se hincha o se pone morado, avísame.Llevadle a su tienda.”

Los hombres se marcharon, llevándose al herido. Lobo se quedó en el interior de la tienda, observando fijamente a Terra.

“Lamento haberte despertado.”

“No te preocupes, estoy acostumbrada. Le va a doler mucho, necesitaría que enviaras un hombre a buscar unas hierbas para calmarle el dolor. Ésta.” dijo ella, sacando de su bolsa una rama perlada de pequeñas hojas marrones.

“Por la mañana enviaré a alguien” respondió Lobo, tomando las hierbas que ella le tendía.

Terra se agachó y recogió las esterillas ensangrentadas. Las lanzó al exterior de la tienda. Recogió algunas cenizas frías de la hoguera central de la tienda y las lanzó sobre la tierra húmeda de sangre. Luego, sin decir una palabra, salió al exterior.

Lobo la siguió. Terra cogió las esterillas manchadas y se alejó unos metros de la zona de las tiendas. Sacó de su bolsillo algo de yesca y pedernal y las encendió. Las esterillas comenzaron a arder lentamente. Lobo se había colocado junto a ella, en silencio. Terra le miró.

“¿Por qué me sigues?”

“¿Qué hacías durmiendo en la tienda de las medicinas?”

Terra apartó la vista del hombre, fijando su mirada castaña en las llamas. Él no se dio por vencido.

“¿Por qué no estabas durmiendo en tu tienda, con tu marido?”

“Sabes muy bien por qué, Lobo.”

“Terra, eres una sanadora experta, acabas de salvarle la vida a uno de mis hombres en un par de minutos, manipulando una herida que habría hecho marearse a cualquiera de nosotros¿y te sonrojas cuando te pregunto algo tan sencillo?”

Terra se volvió hacia Lobo, con un brillo de desafío en sus ojos.

“No es de tu incumbencia si comparto o no el lecho de mi marido. Especialmente cuando conoces perfectamente mis razones.”

Las llamas que consumían las esterillas se extinguieron y, de una patada, Terra las cubrió con tierra. Luego comenzó a andar hacia el bosque cercano al campamento. Lobo la siguió, sujetándola del brazo.

“¿Hace cuanto que duermes sola, Terra?”

“Meses.” confesó ella.”A Pearl le molestaba que nos despertaran en mitad de la noche para venirme a buscar si había alguna urgencia.”

“¿Y mi hermano no dijo nada?”

“Pearl es la esposa favorita de tu hermano, y dudo mucho que jamás le haya puesto la mano encima. Además, es mejor para mí. Sabes que nunca me gustó compartir las pieles con ellos. Los resoplidos de Cougar cuando se acuesta con ella son insoportables y jamás conseguí dormir bien.”

“¿Y qué opinaba ella de sus resoplidos cuando se acostaba contigo?”

Terra miró a Lobo y esbozó una sonrisa triste como respuesta. Él le soltó el brazo.

“No deberías permitir este trato, Terra. Tu tienes los mismos derechos de esposa que Pearl.”

“Lobo, por favor…”

“No, no te lo mereces. Tú eres un miembro mucho más valioso para la tribu que Pearl.”

“Y Cougar la prefiere a ella. Además, todos la adoran. Es un ángel. Su pelo brilla como el sol y el mío parece un nido de ratones. Su piel es suave, yo siempre estoy manchada de sangre. Ella siempre ríe… yo he visto morir a demasiada gente para reír por chiquilladas. Por favor, Lobo, no te metas. Sé que Cougar se casó conmigo por una cuestión política, y acepté por el bien de la tribu. No esperaba mucho más.”

El sol comenzó a salir. Lobo no dijo nada más y comenzó a retirarse. Terra, de espaldas a él, cerró los ojos.

“Hoy es mi cumpleaños.”

El cazador se detuvo. Se dio la vuelta y la miró.

“Felicidades.”

Luego siguió su camino. Terra se quedó sola, en el linde del bosque, con el sol comenzando a iluminar su cara, disfrutando de los primeros rayos de sol de sus diecisiete años.

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