Un beso (La tribu)

Posted by angua on 1 junio 2007 in Relatos |

– No se lo digas, por favor, no le digas nada.

Trudy miró a Bray de forma suplicante y él le sostuvo la mirada sin saber qué hacer. La duda desapareció de sus ojos cuando los gritos volvieron a sonar desde la calle.

– ¡Trudy! ¡Cariño, ya estoy en casa!

Bray se asomó a la ventana y respondió.

– ¡Déjala en paz!

Un coro de risotadas resonó por la calle vacía y Trudy sintió una presión terrible en la boca del estómago. La voz de Martin se alzó entre las risas de los otros.

– No es contigo con quien quiero hablar, hermanito.

Bray se alejó de la ventana y los gritos volvieron a sonar, cada vez más fuerte. Gritaban su nombre, llamándola. Él negó con la cabeza.

– No salgas. Tiene una pistola.

– No se callarán nunca.

– Se cansarán enseguida. No salgas.

Las lágrimas le ardían tras los ojos. Se frotó los ojos para intentar retenerlas.

– No podemos escondernos siempre.

Con la valentía que a veces da el terror, Trudy se acercó a la puerta principal y la abrió. Bray la siguió, sin alejarse demasiado de ella. Los gritos cesaron, y los siete chicos pintarrajeados con aspecto de matones que Martin tenía como séquito se les quedaron mirando fijamente, en un silencio casi reverente. Martin se acercó unos pasos, con la pistola en la mano, como si no fuera más que un juguete.

– ¿Qué quieres, Martin? – murmuró ella, sin saber si conseguiría ocultar el temblor en su voz.

– No conozco ese nombre. Soy Zoot.

– ¿Qué quieres?

– Un beso de despedida, y me iré para siempre.

Los demás se echaron a reír de forma casi obscena y Bray se acercó más a ella en actitud protectora. Martin – no, no había nada de Martin en aquellos ojos enloquecidos rodeados por salvajes líneas rojas – alzó la pistola y la movió de forma errática en el aire.

– Si no me das un beso – dijo, pronunciando cada palabra con una lentitud deliberada, mientras miraba fijamente a Bray – me pego un tiro.

La pistola se detuvo, apuntando a su propia cabeza. Por un instante Trudy deseó que disparara.

– No tienes que hacerlo, Trudy – dijo Bray con voz serena.

– Oh si, si que tienes – se burló Martin, imitando el tono de voz de su hermano – o me reventaré los sesos en el porche de tu casa y será todo por tu culpa. Por no querer darme un puto beso.

Trudy se acercó a lo que antes había sido Martin y él la sujetó por los brazos y la besó con fuerza, de forma posesiva, tan distinto a como la había besado otras veces. Casí pudo oír como Bray apretaba los puños de rabia tras ellos, aunque no por los motivos que ella deseaba. El cañón del arma le rozaba la mejilla y Trudy sintió escalofríos y repulsión. Él tenía razón, ya no era Martin.

Cuando se separaron, ella no podía parar de temblar y él parecía aún más enfadado que antes.

– No os crucéis en mi camino y os dejaré en paz. De hecho – dijo, lanzando la pistola a los pies de Bray – me haríais un favor si os quitarais de en medio.

Una vez el chico hubo desaparecido calle abajo junto con sus matones, Trudy se agachó y vomitó sobre el camino de piedra que llevaba hasta su casa. Bray se acercó a ella y le susurró palabras de aliento mientras le sujetaba el pelo. Buen momento para comenzar con las náuseas matinales.

Trudy no volvió a ver la pistola y no le preguntó a Bray qué había hecho con ella. Jamás dejó de arrepentirse de haber besado a Zoot.

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