Cinco días en Camerún – Cinco
Se supone que el jueves lo vamos a pasar tranquilo: tenemos una reunión hacia mediodía y otra que a lo mejor tenemos que ir nosotros y a lo mejor no, así que nos podemos levantar tarde, perrear… pues no. A las siete y media suena el teléfono que tenemos una reunión a las diez con el jefazo. Nos levantamos, nos duchamos y a las nueve y media estamos listos para que nos vengan a recoger.
La reunión muy bien, muy buen rollo con el jefazo y es bastante rapidita. Nos enteramos de algunos problemas con el tema de pagos de facturas que son inevitables pero que se van a poder solventar de forma más o menos digna. Cuando salimos nuestro contacto nos dice que hay problemas con el pago del coche de alquiler y que tenemos que pasar por la empresa de coches de alquiler para convencer al jefe de que la tele le va a pagar. Nos dejan un poco tirados en medio de una calle sin nada que ver ni tiendas que cotillear, hasta que se soluciona el tema.
De vuelta para el hotel, a sestear un poco. A la una tenemos otra reunión, esta vez con la jefa de la otra empresa. Simplemente nos quería decir adiós, reiterarse en su idea de hacer negocios con nosotros y regalarnos bolis, llaveros, polos y gorras de la empresa. Guay. De ahí vamos a otra reunión con un subjefe, y esta ya es la última. Con la tontería son casi las tres y estamos famélicos.
Comemos, dejamos la maleta preparada y esperamos a que sea la hora de que nos vengan a buscar para llevarnos al aeropuerto. Se pone a llover a mares: estamos en el principio de la época de lluvias (que son un montón de meses) pero solo ha llovido el día que llegamos y el que nos vamos. Nos recogen sin problemas.
El aeropuerto me da un poco de miedo. Joan y mi cuñado me han contado historias de terror sobre que te escriben los billetes de avión a mano y te revisan la maleta tres o cuatro veces y que hay unas colas de morirse… pues no es para tanto. Ya tienen ordenadores para sacar las tarjetas de embarque, la cola no es para tanto, y solo nos revisan el equipaje de mano una vez y por encima. A mi me entra una acidez de estómago bestial, por los nervios que me entran cuando tengo que coger un avión. No es que me dé miedo volar, para nada, pero hasta que el avión no ha despegado no me quedo tranquila, me da la impresión de que puede pasar cualquier cosa o nos encontraremos con un problema insalvable.
El vuelo bien, no hay turbulencias como en el otro pero la comida es bastante peor y la selección de películas es mínima. Intento ver Australia pero me parece un peñazo. A las seis de la mañana llegamos a París y siento caer en el estereotipo pero qué bordes son los franceses. Nos gritan y nos responden mal por cosas que no son culpa nuestra en el control de equipaje, y no hacen ningún esfuerzo para chapurrear en inglés cuando les decimos que de francés ni papa. Muy majos ellos.
A las nueve y media de la mañana del viernes estamos en Barcelona. Ya hemos vuelto.
Bienvenidos a casa :)